Lo curro, letras y tortura, por Joaquín Galende

Un 24 de septiembre de 1973  Juan Domingo Perón le escribía a Carlos Prats:

Me resulta difícil, muy difícil hacerme a la idea de que ya no está entre nosotros el presidente Allende, nuestro amigo y compañero, el insigne revolucionario, y de que tantos chilenos mueren bajo las balas de sus propios compatriotas.

Un año y seis días después, el 30 de septiembre, cuando Prats y su esposa se subían a un Fiat, una bomba puesta por Townley los hizo estallar en el garaje de Buenos Aíres.Por esos tiempos, Allende ya había apretado el gatillo. En Lonquén ya los hornos de cal escondían la sangre del campesinado herido por el enojo latifundista. Y en el norte Arellano Stark ya había pasado con su puma metálico dejando un sórdido silencio norteño que se esconde en el desierto.  Todas  esas huellas de dolor hoy están en el relato, son las múltiples historias -en plural- que forman la época gris del jaguar, son las múltiples historias que están por detrás de la inocencia de un milico sucio, de un escritor que se paró en el basurero -a ver si le tocaba algo-, de un músico que desentonó en el canal 13, de un poeta que prefirió volar por la vanguardia y asesinar por las noches, un poeta de la DINA que Bolaño convirtió en novela. Y es que  Bolaño sabía algo; que la cultura se puede forjar en el pantano. Yo siempre desconfío del pantano.

Si me preguntan por qué escribo esto, diría que por rememorar, un ejercicio un poco insano y ya a esta altura un poco repetitivo; sin embargo, la verdad es que lo escribo porque ha muerto Mariana Callejas, y hasta los ángeles negros merecen un saludo, un escupo, un recuerdo, o una palabra insultante. Ha muerto Mariana Callejas y  el grito en su sótano de Lo Curro aún está intacto, porque no hay justicia.  Mientras torturaban en su subterráneo, los gritos se escondían en conversaciones sobre Ezra Pound, Faulkner y otros escritores leídos en Dictadura, en esos círculos literarios en los que la desconfianza prima.  La metáfora de una literatura con sangre se invirtió en la casa de Callejas; la intelectualidad discutía sobre décimas y versos, bajo el mismo techo del interrogatorio. La pluma y la picana a veces se juntan,  pero nunca debe ser tan literal.

Es paradójico que la vayan a incinerar en el Parque del Recuerdo, porque el recuerdo es algo que la derecha siempre ha renegado. El recuerdo de ella, por cierto, queda en la literatura que no se enmaraño en la suciedad de los 80’s, en Lemebel y Bolaño, en una crónica y una novela que relatan a un ser tan extravagante que hoy se despidió desde un hogar de reposo en Las Condes.  Mariana Callejas era la esposa Townley, eran los Bonny and Clyde de la tortura chilena, eran de esos personajes raros y despiadados de los que después se hacen películas que reniegan de la moral. Callejas es un símbolo de un pasado oscuro que hoy  los tribunales se niegan a esclarecer, por eso su muerte nos deja un trago amargo, porque el árbol de Judas –como decía Bolaño en Nocturno de Chile–  aún mantiene sus frutos al sol para recordarnos que tantos chilenos (morían) bajo las balas de sus propios compatriotas.  Esos hombres sin rostro que nos dejan un grito desde el sótano se sobreponen a cualquier relato sobre Mariana Callejas, la memoria de Bonny está supeditada a un grito de justicia que en Chile aún no llega.

*Joaquín Galende es estudiante de Licenciatura en Historia de la Universidad Alberto Hurtado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s