Sobre los 32 años del Sida en Chile, por Nelson Segura

Por la complejidad que suponen las enfermedades como fenómenos historizables, las fechas que rememoran “inicios”, “llegadas”, e incluso brotes patológicos, son más un testimonio de la coyuntura médica que hitos que demarquen un cambio de facto. En la mayoría de los casos, las fechas conmemorativas, se utilizan como punto común para insertar en un determinado relato histórico un proceso de mayor envergadura: en este particular caso, el 1 de agosto se registra la llegada del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida a Chile. Para los autores que han trabajado el tema, está ampliamente aceptado que la primera víctima chilena de Sida fue Edmundo Rodríguez Ramírez, un profesor homosexual de la comuna de Maipú, que falleció 22 días después de su diagnóstico. Así y todo, en una muy reciente investigación que realicé, me sorprendí al descubrir que en el año 1986, el diario La Cuarta, al informar sobre una víctima femenina del Sida en Valparaíso, relegaron el contagio a su marido, quien había fallecido en junio de 1984, bajo “extrañas complicaciones inmunológicas”[1].

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FOTO: Catalina Gutiérrez

En ese sentido, aunque parezca una observación minúscula, e incluso majadera, pienso que es importante recalcar que el aniversario que se cumple en esta fecha es por la publicitación del Sida en Chile, y no propiamente su llegada. Detrás de esta aclaración está mi interés personal por incitar al lector a pensar las enfermedades como fenómenos históricos que mutan y adquieren distintos significados conforme se transforma el grupo social bajo el que se asientan.

Es por lo anterior que quiero aprovechar la fecha para realizar una reflexión en torno a las posibilidades que tiene la historiografía (la Academia) chilena frente al Sida.

La Historia de la Medicina nacional, sobre todo desde la década de 1990, ha demostrado una producción bastante prolífica[2]. Aun así, la mayoría de los estudios realizados ubican metodológicamente a las enfermedades como medios para explicar un fin que no es propiamente el análisis del impacto de la enfermedad. Este fin, puede ser un fenómeno social, político, o económico[3]. En otras palabras, las enfermedades no han sido el eje articulador de las investigaciones del área. Acaso por ese enfoque es que la historiografía chilena no ha presentado trabajos relativos a la Historia del Sida (como sí se ha hecho en países como Estados Unidos o Francia).

Para el caso nacional, quienes se han encargado de discutir públicamente sobre el Síndrome, y han intentado historizar la enfermedad, han sido periodistas. Los casos más emblemáticos son por un lado Cynthia del Valle y Mauricio Carmona, autores de Sida en Chile: La Historia Desconocida,  y por otro, Amelia Donoso y Víctor Hugo Robles, autores de Sida en Chile: Historias Fragmentadas [4]. En líneas muy generales, ambos libros, desde una perspectiva similar, describen con ayuda de testimonios orales y prensa, lo que significó para los más afectados (los infectados) la llegada de la enfermedad al país. En ese sentido, los relatos son muy valiosos toda vez que, como manifiestan los mismos autores, enriquecen “otorgándole un rostro a la enfermedad”.

Estos relatos, sin embargo, carecen de una apropiada crítica de fuentes, metodología básica en los estudios historiográficos. Entre otras cosas: ignoran el enorme marco teórico que la Historia de la Medicina internacional ha propuesto, sobre todo en lo que respecta a los estudios de epidemias, por ello, fallan en considerar las dinámicas sociales detrás de lo que significa hacer público el arribo de una enfermedad que generó miedo desde su descubrimiento en 1980; para el caso particular de Chile, soslayan la postura de la comunidad científica de la época, y en muchos casos, incluso los aportes críticos de la Historia de la Prensa, lo que los lleva a desconsiderar elementos claves de los periódicos que informaban sobre el Sida.

Es por lo anterior que me inclino a pensar que la Academia tiene una deuda para con las víctimas de esta terrible enfermedad, y es deber de las historiadoras y los historiadores, dotar de voz a aquellas y aquellos que han sido acallados no sólo por la mortalidad propia de la enfermedad, sino que también por aquella moralidad que tiende a culpabilizar a los infectados. Pienso que esta fecha debe servir como un recordatorio de la necesidad actual de visibilizar aquello que muchas veces a propósito es ocultado.

Nelson Segura es Bachiller en Humanidades y Licenciado en Historia de la Universidad Alberto Hurtado. 

[1] Véase Diario La Cuarta, 14 de agosto, 1986.
[2]Aunque modesta en comparación con países como México, Argentina, Perú o Brasil, donde esta corriente se desarrolla desde 1970, María Soledad Zárate y Andrea del Campo, “Curar, prevenir y asistir: Medicina y salud en la Historia chilena”, Nuevo Mundo, Mundos Nuevos (2014) Texto disponible en:  http://nuevomundo.revues.org/66805?lang=es [Consultado por última vez el 27 de julio de 2016].
[3]Por sugerir un ejemplo: Catalina Labarca, en su artículo sobre las primeras campañas de Educación Sexual en Chile, menciona el impacto social de la sífilis y la gonorrea a comienzos del siglo, pero sólo con el afán de explicar cómo el Estado chileno justificó sus lógicas eugenésicas insertas en las políticas de Educación Sexual. Este artículo se puede encontrar en el libro de María Soledad Zárate(comp.), Por la salud del cuerpo. Historia y políticas sanitarias en Chile (2008)
[4]Excluyo conscientemente de este recuento a Pedro Lemebel, autor de Loco Afán: Crónicas de Sidario, puesto que, aunque me parece que es un excelente texto para analizar los impactos personales del Sida, no representa, como menciono arriba, un intento de historizar la enfermedad, como sí lo son los libros mencionados. Al mismo tiempo, también excluyo los libros de Óscar Contardo (Raro) y Víctor Hugo Robles (Bandera Hueca), pues el objetivo de ambos es la discusión en torno a la homosexualidad y no propiamente al Sida.
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