Un atentado sin nombre, por Joaquín Galende

“La europeización  en nuestro país pesa, y al parecer, nos duelen más los muertos franceses que cualquier otro, como si la vida de un humano  se pudiese medir por el P.I.B. de su país”.

Mientras  François camina por los pasillos de la Sorbona, se escuchan los atentados en París, se acerca el 2022  y  La Hermandad Musulmana  llega al poder en  Francia.  Un futuro  que,  -para Houellebecq-  resulta completamente distópico, es retratado en su última Novela, Sumisión. Poco y nada tiene  que ver el escenario ficticio que nos relata el autor  con la tragedia ocurrida el pasado viernes, sin embargo, la novela es sintomática y demuestra que las relaciones en Europa se vuelven a complejizar. Dicen que a quienes nos gusta la Historia somos muy malos lectores de literatura, no por la cantidad  de lectura, sino porque nos cuesta leer una novela separada de su contexto histórico –dejando fuera su ficción propia-, quizás por ello, cuando leí en las noticias sobre el atentado en París, lo primero que pensé fue Houellebecq,  y su última novela; Sumisión.

El pasado sábado París despierta de luto, más de cien civiles muertos son el resultado trágico de los atentados que el E.I  se ha adjudicado.  La política internacional que ha tenido Francia  y compañía  dan como resultado la  conformación de un clima crítico.   Francia será implacable en su respuesta a estos bárbaros de Daesh afirma Hollande, antes de reanudar los bombardeos a Raqqa. El discurso civilizado se vuelve a reafirmar en la otredad de oriente, mientras la Islamofóbia  se propaga contra los refugiados Sirios, que  -paradójicamente- vienen escapando de un guerra civil que en cierto sentido resume la disputa de intereses europeos. Siria se hunde en el conflicto entre  al-Asad, la oposición  y el ISIS. Estos último producto del fundamentalismo puro, acompañado de un “erróneo” apoyo armamentístico  occidental.

TOPSHOTS-FRANCE-ATTACKS-PARIS

Foto: AFP / KENZO TRIBOUILLARD

Los medios masivos no han quedado ajenos al atentado. Los noticieros reaccionaron de inmediato y las redes sociales dieron pie a un apoyo moral inmenso a Francia.  Incluso Facebook –y el oportunismo sistemático que esta red suscita-  nos ofreció una banderita francesa en nuestras fotos. Han muerto más de cien ciudadanos en París, ¿cómo no conmoverse con la muerte de inocentes que poco y nada tenían que ver con un conflicto que se asoma en nuestros hombros?  Sin embargo,  la europeización  en nuestro país pesa, y al parecer, nos duelen más los muertos franceses que cualquier otro, como si la vida de un humano  se pudiese medir por el P.I.B. de su país. Un mes antes del atentado en Francia, el 10 de octubre,  Ankara, vivió un atentado de similar magnitud, una marcha por la paz entre el Estado Turco y el HDP (brazo armado del PKK) -paradójicamente- fue víctima de dos bombas que dejaron 95 muertos, mayoritariamente Kurdos. Los noticieros lo cubrieron como una crónica más,  Facebook no nos ofreció banderitas,  los colores del Cristo redentor  no cambiaron, y este atentado pasó a formar un punto más en la lista de las atrocidades cometidas contra Kurdos, Sirios  y esos sujetos sin nombre, sin historia, esos sujetos que no merecen que hablemos de ellos, excepto cuando los queremos comparar con un atentado en Francia.

*Joaquín Galende es estudiante de Licenciatura en Historia de la Universidad Alberto Hurtado.

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